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La tríada del Éxito

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Este artículo bien podría llamarse “Un café con Napoleon Hill”, como estoy bautizando estas semanas las Citas con el Éxito con la tribu de RedEx Forever.

Y es que este curioso personaje, considerado el padre del desarrollo personal, dedicó más de veinticinco años a estudiar a las grandes fortunas de su época (principios del siglo XX) por encargo del magnate Andrew Carnegie.

En su libro más conocido y best-seller mundial, Piense y hágase rico, explica los trece principios del éxito. De estos, me voy a quedar para el artículo de esta semana con los tres primeros.

A saber: tener un objetivo definido, desearlo de forma ardiente y tener fe en la consecución de este.

Claramente el primer paso necesario para alcanzar cualquier objetivo es tener bien definido qué es exactamente lo que deseas. En muchas ocasiones, cuando empiezo un proceso de coaching con un nuevo cliente, me dice algo como: “no quiero tener miedo” o “no quiero seguir preocupándome por el dinero”.

La pregunta que siempre les hago, en estos casos, es: “entonces, ¿qué es lo que SÍ quieres?”. Es curioso lo difícil que muchas veces les resulta responder a esta sencilla cuestión.

Voy a compartir una pregunta que utilizo mucho y con la que casi siempre obtengo un magnífico resultado: “Si yo fuera el genio de la lámpara y me fueras a pedir un deseo, ¿qué me pedirías exactamente?”.

Y es que, si pedimos algo de forma vaga e imprecisa, por decirlo de alguna forma, el universo no sabe qué traernos. Si no crees en energías del universo y todo ese lenguaje más místico, piensa que es tu subconsciente el que no sabe en qué enfocarse, si no se lo explicas con claridad.

El segundo paso para conseguir lo que te propones es tener un deseo ardiente. Yo suelo ser muy bestia al hablar (no tanto al escribir) y le digo a mis alumnos que necesitan “ponerse cachondos” con sus objetivos.

Piensa en algo que quieras lograr. Puede pertenecer a cualquier área de la vida (salud, relaciones, finanzas, desarrollo profesional…). Y ahora plantéate esta pregunta: ¿realmente te excita la idea de conseguir eso que te propones?

No pienses sólo en una excitación sexual, sino en un concepto más amplio de la palabra. Es decir, ¿te remueve por dentro? ¿Te pones nervioso/a cuando piensas en lograr eso? ¿O sólo es un objetivo racional, frío y que te deja igual?

Conseguir nuestras metas raramente es un proceso simple, rápido y fácil. Por lo tanto, se requiere determinación, compromiso, resiliencia… Si no te hace mucha ilusión, la tentación de abandonar a mitad de camino es muy grande.

Así que cuanto te plantees un objetivo a lograr, piensa en para qué quieres conseguirlo. Si esa motivación es suficientemente poderosa, entonces tendrá suficiente fuerza para ti y no tirarás la toalla cuando las circunstancias se pongan en tu contra.

El tercer paso para lograr tus metas es tener fe en que lo vas a conseguir. Si deseas mucho algo, pero no te ves merecedor o no crees que tengas las cualidades para lograrlo, probablemente termines tirando la toalla; muchas veces, incluso antes de haberlo intentado.

Seguro que te suena este ejemplo: estás en el colegio y te gusta la chica más guapa de la clase. Tú te consideras un chico normalito, más bien del montón. Así que, por más enamorado que estás, no le dices nada porque ¿cómo va a fijarse esa chica tan atractiva en ti?

Al cabo de unos días la ves por la calle de la mano de otro más feo que tú. ¿Cómo es eso posible? ¿Las chicas guapas no van con chicos guapos siempre?

Tener un buen físico es un factor que ayuda a ligar, desde luego; pero no es el único ni el más importante. Quizás ese otro chico tenía claro lo que quería, lo deseaba ardientemente (igual que tú) y además tenía fe en que lo podía conseguir, tenía seguridad en si mismo.

Yo no he ligado demasiado en mi vida, así que ese ejemplo no es mío. Pero sí he logrado cosas que en su momento parecían imposibles. Y todo porque tenía claro lo que quería conseguir, me hacía mucha ilusión y además tenía fe en lograrlo.

Expondré un ejemplo muy personal para ejemplificarlo.

Cuando llevaba cinco años escribiéndome un e-mail diario con Irma, la chica mexicana que había conocido por Internet, decidí ir a verla en persona a su tierra (expliqué la historia con más detalle en el artículo de la semana pasada).

Sabía claramente lo que quería. Ella llevaba mucho tiempo diciéndome que terminaríamos juntos y yo siempre le decía que sería en España, que yo no quería ir a vivir a México. Así que pensaba enrolarla a que viniera conmigo a España.

Teniendo esto claro (primer paso), viajé a México y me quedé alojado en casa de sus padres durante dos semanas.

Allí compartimos muchos momentos juntos, aunque en realidad ella trabajaba y sólo podía estar conmigo cuando salía de la oficina, en Recursos Humanos del Corporativo de Pepsico.

Una tarde, ya en casa, recostados en el sofá le hice una propuesta concreta de vida en España conmigo. Le hablé de estudiar juntos un máster en franquicias, de trabajar en la universidad coordinando otro máster conmigo, de alquilar un apartamento para los dos en el centro de Barcelona…

Le transmití tanta ilusión, tanto deseo por hacerlo realidad, que ella me dijo: “lo cuentas como si fuera posible”. A lo que yo respondí: “es que no sólo es posible, sino que lo vamos a hacer”.

Ése era el segundo paso, mezclado con el tercero: un gran deseo y fe en lograrlo. Yo realmente pensaba que todos aquellos planes podían llevarse a cabo. No tenía nada atado (ni el alquiler del piso, ni el trabajo en la universidad, ni siquiera su inscripción al máster). Pero sabía que podía lograrlo.

Y así fue. Ella llegó a Barcelona un mes y medio después de que yo me fuera de su casa. Tenía una situación familiar complicada, pues su hermano pequeño estaba enfermo y no sabía si era buena idea irse con aquel panorama.

Pero le pudo la ilusión, el deseo ardiente que siempre había tenido de vivir en Europa, y más concretamente en Barcelona.

Yo no lo sabía, pero ella llevaba años diciéndole a sus amigas y amigos que iba a vivir en España. Todos la tildaban de loca. Era imposible que una chica como ella, de un barrio humilde de Ciudad de México, pudiera cumplir ese sueño. Pero lo logró porque, ella más que nadie, vivía los principios del éxito.

Por aquel entonces lo hacía de forma inconsciente. No sabía cuáles eran esos principios, pero de todos modos los seguía. Tenía claro dónde quería vivir, le hacía mucha ilusión y además tenía fe en su capacidad para lograrlo.

Hemos vivido juntos, hemos hecho realidad nuestros sueños y hemos ayudado a otras personas a hacer eso mismo, durante los siguientes dieciséis años.

Feliz semana,

 

Por Manu Ramírez

Director General ESINEC

1 comentario en “La tríada del Éxito”

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